Matteo Ricci

Matteo Ricci

Matteo Ricci fue un sacerdote jesuita que nació en 1552. Si bien no nació en China, vivió allí más de 30 años y ejerció una gran influencia en el pensamiento chino”. Pueden encontrar la biografía de este sabio católico en Wikipedia (Biografía de Matteo Ricci).

No daremos aquí frases de este sacerdote que escribió varios libros para difundir la ciencia y los evangelios en oriente, pero sí sus explicaciones sobre su fama y prestigio en China a fines del siglo XVI.

 

El gran prestigio en China de Matteo Ricci

Los conocimientos y habilidades de Matteo Ricci para saber transmitir y admirar con la ciencia occidental aprendida sobre todo en el Colegio Romano con Clavius, le granjearon una gran fama en la corte del Emperador. Veamos algunos textos de la época, que se traducen aquí al castellano por vez primera. En una carta escrita el 28 de octubre de 1595 en Nanchang, podemos leer:

“Se había esparcido por aquí una fama de que yo sabía hacer plata de plata viva [el mercurio]; y aquí hay millares de hombres que se dedican a esto y en esto consumen la vida y sus haberes con mucho fasto, sin que hasta ahora haya nadie que lo sepa hacer. Y este rumor es como entre nosotros el de los alquimistas de la quintaesencia, y muchos venían para aprender esta ciencia, que se considera entre ellos como cosa de hombres santos; y cuanto más digo que yo en esta materia soy “sicut asinus ad liram” [en latín, diríamos: como el burro que tocó la flauta por casualidad], tanto menos me creen; tanto [más] que yo tengo fama de que sabía hacer relojes y que entendía muy bien las cosas de las matemáticas. Y es verdad que para ellos puedo decir que soy otro Tolomeo; porque no saben nada, hacen relojes sólo inclinados, es decir, equinocciales [relojes de sol], pero no se inclinan sino a razón de 36 grados, pensando que todo el mundo es de 36 grados de altura, ni más ni menos”.

Y en otra carta, escrita en la misma fecha y en el mismo lugar, Ricci enumera de forma explícita las cinco principales razones que le dan prestigio en China:

“No podría decir la extraordinaria concurrencia que tengo en esta ciudad, cosa que atribuyo a cinco causas. La primera es [el hecho] de ver a un extranjero, cosa insólita, y más todavía que sepa la lengua y la ciencia, las costumbres y ceremonias del país. La segunda es la fama que se ha esparcido de que de plata viva [mercurio] sabemos hacer plata buena, y muchos venían para aprender esta ciencia que es una cosa muy estimada entre ellos; y cuanto más afirmo que no sé nada de esta materia, tanto menos lo creen. La tercera [razón] es [el hecho de] saberse que yo tengo un arte de [desarrollo de la] memoria tal que, con sólo leer una vez cuatrocientas o quinientas palabras, se me quedaban tan fijas en la memoria que podía recitarlas al derecho y al revés con mucha facilidad. La cuarta [razón] es la fama que he adquirido entre ellos en cosas de matemáticas; y en verdad me parece que entre ellos soy un Tolomeo (…) Los académicos y otras personas doctas sienten placer en oir las causas de [esa] apariencia, y desean que yo enseñe alguna cosa de matemáticas, como pienso hacer, si me quedo aquí. La quinta [razón] es por el deseo que muchos muestran de escuchar las cosas [que tocan a] su salvación, tanto que, de rodillas, me lo suplican; y los mismos académicos, que no creen en la inmortalidad del alma, dicen que nuestra ley es verdadera por los discursos que he tenido con ellos, tras los cuales, sin contradecir, se hunden hasta el suelo y me dan las gracias por la buena doctrina que les he enseñado”.

Como puede verse, sólo la última razón se refiere al discurso religioso, que en principio es lo que más interesaba a los misioneros jesuitas. Otra cita significativa de la fama que llegó a tener Ricci en China se puede encontrar en una carta que escribe en portugués el jesuita Alfonso Vagnoni, desde Nankín, en 1605:

“Es increíble el crédito que tiene con los chinos el padre Matteo Ricci, y más visitado es por los grandes y estimado por todo el reino de China, por lo cual se han difundido algunos libros, muy curiosos, que él ha compuesto en la misma lengua china. De modo que todos, o la mayor parte de los mandarines, que vienen de fuera a Pekín, o que parten para diversas provincias, van primero a visitarlo y quieren llevarse consigo alguna obra suya. Piensan y dicen que no puede haber en Europa otro hombre como él. Y cuando los nuestros les dicen que hay otros todavía más doctos, no se lo pueden creer (….) El hecho de estar él en aquella corte hace que todos los mandarines que vienen a gobernar a estas provincias muestran gran respeto a nuestros padres que se encuentran en ellas, y que les traigan cartas del mismo padre Ricci, y que les vengan a visitar por respeto hacia él”.